martes, 12 de enero de 2010

Nadja

Ya entraba el ocaso del día. Parecía que Nadja tenía gran ansiedad por verle entrar por la puerta. Hoy no había tenido un día demasiado agradable, por decirlo de alguna forma; se había discutido con un compañero de trabajo, uno que siempre la mira de una forma especial que la inquietaba excesivamente. Había sido por una memez sin importancia que llevaba un tiempo germinando en el ambiente y que, si este no estuviera tan enrarecido, a buen seguro habría desaparecido mucho tiempo atrás o, mejor aún, ni habría llegado a existir. Para colmo, parecían haberse alineado las estrellas en su contra y, en un tema que para ella era tan evidente, el jefe del departamento había resuelto terciar en una disputa que “les estaba ocupando demasiado tiempo” y paulatinamente “atrayendo la atención del resto del personal”. Para asombro de Nadja, éste se alineó con la visión, para ella tan absurda, que su compañero defendía, dejándola en evidencia bruscamente ante todas las miradas de soslayo de sus compañeros. Por si fuera poco escarnio, aprovechó la tesitura para recriminarle su actitud en las últimas semanas, poner de manifiesto que estaba muy descontento con su labor y dedicación y “que lo último que faltaba era que andase a la greña con sus compañeros enrareciendo un ambiente laboral tan positivo”. Nadja no salía de su asombro: “!Pero si debo ser de los pocos trabajadores de esta oficina que se lleva expedientes, con sus respectivos dolores de cabeza, a casa! ¿Qué pasa?" -pensaba con una ira que tan solo su mirada y la expresión de su boca podrían delatar- "¿Que yo no me publicito ante él de llegar la primera y, en gran número de ocasiones, ni salir a comer? ¿Cuántos de estos empleados, que tanto intuyo ahora adorados gratuitamente, han hecho algo así? ¿Sabe este grasiento engreído las veces que he resuelto los problemas de mis compañeros? Y problemas que no me concernían en lo más mínimo, pero que podrían haber retrasado, o incluso llevado al traste, algunos de los proyectos de estos desagradecidos que ahora miran y oyen a escondidas, en silencio e impasibles, toda esta retahíla de acusaciones. No soporto a este prepotente de natural enfermizo de Claudio porque nos mira a todas como si fuésemos bistecs. No es que piense con el rabo, es que mira y habla con él. Desde la señora de la limpieza, hasta a la posible clienta que se marcha incrédula ante semejante descaro. Cualquier mujer se ha sentido desnudar por esa mirada que se enrojecía por momentos. ¡Qué asqueroso!”

Taza de café, libros antiguos y flores secas. Estudio todavía la vida. Una mezcla a base de fotos de mediano imagen. Imagen de extrema suavidad, texturas, y el grano. photo

Pero ahora ya estaba en casa, desde hacía un rato, de hecho se había podido preparar un café mientras intentaba seleccionar qué libro iba a utilizar para evadirse, cual de los títulos que dominaban con privilegio el salón iba a acaparar su atención en los próximos días. No obstante, era incapaz de centrarse. Estaba muy enojada. De hecho, cada vez que pensaba en la discusión de la tarde se enojaba aún más, crecía la indignación dentro de ella. “¿Cómo era posible que estuvieran descontentos con su dedicación en aquella empresa de incompetentes?”, se repetía cada vez con más rabia, pero no conseguía entenderlo. Lo más que llegaba a acercarse a alguna idea remotamente cercana a una conclusión era algo que ya le había asaltado por la tarde. La idea de que no entrar en el juego en que muchos de sus compañeros eran expertos, el de venderse y adornarse por encima de la eficiencia profesional, cada vez cogía más peso, forma, y consistencia. Pero tampoco la veía como la razón definitiva. Había llegado tan desganada a casa que ni siquiera se había puesto cómoda, aún seguía con la falda de tubo que tapaba sus rodillas y aquella camisa blanca con chorreras. Ni los zapatos se había cambiado, de hecho, estaba muy acostumbrada a los tacones y no tenía necesidad de quitárselos a la primera oportunidad. Seguía ahí, de pie, mirando la librería, intercalando en su mente títulos de novelas y ensayos con los recuerdos desagradables de la jornada y no conseguí decidirse. Había ido poniendo unas dos docenas de libros sobre la mesa. Cogía un ejemplar que le llamara la atención, bien por el recuerdo de alguna conversación bien por tenerlo pendiente siempre como el siguiente, lo abría con delicadeza, leía alguna reseña, lo olía y lo dejaba sobre la maciza mesa de madera. En esto que oyó las llaves jugueteando, y el ruido de una de ellas entrando en la cerradura suavemente. “¡Ya ha llegado!”, pensó, pero inmediatamente, tras tanto desear que llegase, se dió cuenta que lo último de lo que tenía ganas, en ese instante, era el de someterse a otro juicio explicando todos los detalles y darle vueltas sometiéndose a posibles preguntas y opiniones, por lo que no se alegró tanto como pensaba no hacía tanto rato. Él entró al comedor y se extrañó al verla algo seria pero, y por encima de todo, de verla aún sin cambiar antes de entregarse a otros quehaceres. La miró a los ojos, sonrió de medio lado hasta que ese gesto se esfumó de su boca al tener que reclamar su atención nuevamente ya que ella volvía a centrarse en los libros. Consiguió que le mirase de nuevo tras pronunciar mediante un susurro su nombre y clavó una intensa mirada sobre sus ojos. Comenzó a acercarse lentamente, se quitó la chaqueta y la dejó caer sobre un cofre que había a su paso junto a la pared, siemrpe sin dejar de mirarla y sin dejar de avanzar lentamente hacia ella que, dicho sea de paso, había dejado de alimentar la algarabía de pensamientos que le habían estado aturdiendo. Ella estaba de pie, espectante, analizando la mirada de Ros mientras este seguía con su profunda mirada clavada impasible en los ojos de ella y recuperaba un malicioso gesto en los labios. Se paró a pocos centímetros de ella, que restaba inmóvil pero respondiendo al reto que intuía en los ojos de Ros, mientras el corazón le  palpitaba con suma y creciente fuerza. Él pasó sus manos entre el torso y brazos de ella a la altura de la cintura, y fué bajándolos y pasándolos a su espalda a un ritmo muy lento hasta llegar a su culo que apretó con creciente fuerza. En ningún momento se besaron, se contenían a hacerlo. Habían pasado unos minutos desde que entró en casa y se vieron, pero no lo parecía en absoluto. Entonces él comenzó a levantar tan lentamente la falda que ella debía enjaular toda la creciente pasión para no estropear ese momento. Cuando hubo llegado a la cintura pasó las manos por detrás de sus muslos, la asió así hasta sentarla encima de la mesa, siempre con los ojos fundidos en los de ella, la recostó ligeramente, le abrió la camisa con delicadeza y, sin cesar en ese intercambio de fuego con los ojos, se decidió a desprenderla de sus bragas, muy poquito a poco, lentamente recorrieron sus muslos, sus rodillas, las pantorrillas, llegaron a esos preciosos tobillos y acabaron dejando atrás sus delicados pies. Acto seguido tomó asiento y procedió a hacerle saborear a Nadja la culminación de su mirar.

No hay comentarios:

Creative Commons License
obra de 13libras està subjecta a una llicència de Reconeixement-Sense obres derivades 3.0 Espanya de Creative Commons Creat a partir d'una obra disponible a 13libras.blogspot.com